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Un cambio histórico en las Américas

Durante un cuarto de siglo las ideologías contra la vida y la familia se apoderaron de la Organización de los Estados Americanos. Pero algo está cambiando: por tercer año consecutivo se logró frenar la ideología de género y el aborto en la Asamblea General la OEA.

Un bastión estratégico

La OEA es el principal organismo multilateral de las Américas y un punto de apalancamiento clave para las ideas políticas, ya sean buenas o malas. Su efecto multiplicador es enorme: instalar una agenda allí permite contaminar ideológicamente todo un continente, o sanearlo.

Y el progresismo —o wokismo— supo sacarle provecho. Usó la clásica maniobra de pinzas: abrió dos frentes que presionaron a los gobiernos desde afuera y desde adentro.

Primero se apoderaron del frente internacional —la OEA y sus órganos—, desde donde promovieron estándares y modelos de políticas y leyes para toda la región. Y después avanzaron sobre el frente nacional, con diversas ONG financiadas en cada país, que impulsaron y legitimaron esos cambios desde adentro.

La trampa del género y la toma de la OEA

Asamblea General de la OEA en 2014 en Paraguay

En una batalla cultural se lucha por el sentido de las palabras. Uno de los conceptos que se usó como un auténtico caballo de Troya es el de “género”.

La “perspectiva de género” llegó a la OEA financiada, entre otros, por Canadá, con más de 40 millones de dólares. Desembarcó con los movimientos feministas y fue adoptada en una resolución del año 2000 sobre mujer e igualdad de “género”. Pero el concepto ya despertaba controversias. Por eso, la resolución lo ató a “la base biológica del sexo”: género significaba, al principio, masculino y femenino.

Pero en 2008 irrumpió una segunda oleada, esta vez, de activistas LGBTI, aún con más financiamiento –de Open Society, Astraea y Global Fund for Women, entre otros–. Así aprobaron una nueva resolución sobre “orientación sexual e identidad de género”.

No cambiaron la palabra. Reinterpretaron su significado. Y de repente, todos los Estados que habían adoptado “políticas de género”, vieron salir del caballo de Troya una cantidad interminable de géneros que les reclamaban cambiar sus leyes, sus instituciones y su cultura. La OEA les dió la razón. Y los dos flancos se abalanzaron sobre los gobiernos.

Cambios pedidos por el movimiento LGBTI+ en la OEA

Reacción en cadena

La ofensiva transformó medio continente. En el camino, avasallaron el Estado de derecho y la soberanía:

  • 10 países reconocieron legalmente la identidad de género (Uruguay, Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Colombia, Brasil, Costa Rica, México y Cuba)

  • 9 países legalizaron el matrimonio entre personas del mismo sexo (Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Chile, Cuba y México);

  • 6 países sometieron a niños a tratamientos irreversibles para cambiar de género con bloqueadores de pubertad, terapias de hormonización o mutilaciones, incluso contra la voluntad de sus padres (Argentina, Uruguay, Colombia, México, Chile y Brasil)

  • Y todos ellos sancionan penal o civilmente a quien no reconozca estos supuestos derechos.

La reconquista

En 2024 se desató la ofensiva más intensa de la ideología de género en la Asamblea General en Paraguay. Pero fue también un punto de quiebre.

Las resoluciones estaban infestadas de aborto, género, persecusiones y hasta de una “política exterior feminista”.

Pero de repente, la Argentina, con el nuevo gobierno del presidente Milei, empezó a disputar implacable, palabra por palabra, cada resolución. Los progresistas no lo podían creer.

Paraguay, país anfitrión y firme defensor de sus valores, afirmó embravecido: “Paraguay es vida y familia y, sobre todo, soberano”. Los vientos estaban cambiando.

En 2025 el giro se profundizó. Trump, de regreso en la presidencia de Estados Unidos, ordenó revisar los aportes a la OEA, y prohibió destinar fondos federales a programas de “ideología de género”. Financiaba cerca de la mitad del presupuesto del organismo.

Un bloque sólido contraatacó la agenda woke: Argentina, Paraguay, Perú, Panamá y ahora Estados Unidos plantaron innumerables notas al pie para oponerse al género y a las amenazas a la soberanía nacional y lograron derribar la resolución sobre derechos humanos -plagada de ideología- que suele hacerse en cada Asamblea.

En 2026 la avanzada progresista fue frenada por tercer año consecutivo y con más fuerza aún en la Asamblea General de Panamá. El absurdo era total. Colombia y México impulsaron una “Declaración de Afrodescendientes”. Planteaban la “reparación integral de los daños colectivos ocasionados por el colonialismo” a “toda persona que se autoidentifique como de ascendencia africana”. Dichas reparaciones debían ser, por supuesto, “con perspectiva de género”. Pero el texto ni siquiera llegó al encuentro.

El último enfrentamiento fue por la Declaración de Panamá, documento central de la Asamblea. El bloque progresista insistió con una versión marcadamente ideológica. El país anfitrión respondió con un nuevo texto “limpio”. Y tras soportar una exasperante intransigencia, finalmente se impuso.

La Declaración de Panamá reafirmó un “multilateralismo firme en defensa de la democracia, la seguridad hemisférica y la estabilidad en los Estados Americanos”.

Tras más de 25 años de hegemonía woke, la Asamblea General de la OEA está siendo recuperada.

Estamos protagonizando un cambio histórico. Queda muchísimo por hacer, más allá de las Asambleas Generales, en cada órgano de la OEA y en cada país.

Pero la región empezó a concentrarse en sus prioridades reales: desarrollo y paz, libertad, soberanía y vida.

Y el término “género” quedó, por el momento, arrinconado en una nota al pie.

Tras un cuarto de siglo de hegemonía woke, la Asamblea General de la OEA está siendo recuperada.

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